El budismo tibetano, con su riqueza simbólica y su profundidad filosófica, ofrece un mapa de la experiencia humana más allá de los límites de la vida ordinaria. En ese horizonte se encuentra el concepto de bardo, término que significa “estado intermedio”, “pasaje”, “intervalo”. Dentro de los múltiples bardos que describen los maestros de la tradición, el bardo del morir constituye una de las fases más decisivas: es allí donde se despliega la revelación desnuda de la conciencia, donde la ilusión del yo puede ser definitivamente disuelta, y donde la posibilidad de liberación se muestra con una claridad sin velos.
Padmasambhava, figura fundacional del budismo tibetano y maestro venerado en la tradición nyingma, transmitió enseñanzas directas sobre el morir y los estados intermedios, preservadas en el célebre Bardo Thödol. Este texto no es simplemente un manual ritual o un recitado para los difuntos; es una guía existencial que apunta a acompañar la disolución de los agregados, reconociendo la luminosidad de la conciencia y posibilitando la liberación en el mismo tránsito de la muerte.
En el Bardo Thödol, atribuido a las enseñanzas reveladas por Padmasambhava, se afirma:
> “Oh noble hijo, ahora ha llegado el momento de buscar el camino. Tu respiración está a punto de cesar. El gran resplandor de la luz pura de la realidad primordial se alzará ante ti. Reconócelo. Tu propia conciencia, natural, luminosa y vacía, no es diferente de la sabiduría de los Budas. Permanece en ese estado, y serás liberado”.
Este pasaje condensa la visión central del bardo del morir: la muerte no es concebida como un fin absoluto, sino como el instante de máxima revelación, donde se abre la posibilidad de reconocer la verdadera naturaleza de la mente. La “luz pura de la realidad primordial” no es algo que se adquiera desde fuera, sino la naturaleza intrínseca de la conciencia que siempre estuvo presente, aunque velada por la ignorancia, los apegos y las proyecciones del yo.
El reconocimiento de la propia naturaleza de la mente es aspiración que ocurra durante todo el transcurso de la experiencia en el mundo fenoménico compartido con otros seres , reconocimiento del mismo como proyección de la propia naturaleza de la mente.
También y como reflejo de todos los contenidos de nuestra psiquis que se manifiestan en la existencia que antes del morir pueden ser de bardo del estado de vigilia o del estado del soñar .
Es un momento en qué existe la posibilidad de la revelación para quien está preparado para ello por prácticas previas , por karma o comprensión.
La enseñanza de Padmasambhava nos coloca, entonces, ante un dilema radical: la muerte puede ser liberación o puede ser fuente de confusión. La diferencia no radica en lo que aparece —pues las visiones y luces surgirán igualmente— sino en la capacidad de reconocerlas por lo que son. En otras palabras, el entrenamiento espiritual en vida prepara al individuo para el instante del morir, para que no se aferre ni se confunda, y pueda reconocer en la luminosidad la esencia misma de su ser.
Este punto resulta crucial porque subvierte la concepción común de la muerte como algo que “nos sucede” desde afuera. Aquí, en cambio, la muerte es comprendida como un proceso de desvelamiento, un espejo último que muestra la verdad desnuda de la conciencia. Padmasambhava afirma que en ese instante todos los velos del ego se disuelven: el cuerpo se desintegra, los elementos retornan a su estado original, y la mente queda enfrentada a su propio rostro.
En ese sentido, la enseñanza sobre el bardo del morir no debe entenderse únicamente como instrucción post mortem, sino como una pedagogía de la existencia.
El discípulo es entrenado a contemplar la impermanencia, a familiarizarse con la disolución de los fenómenos, a meditar sobre la luminosidad de la conciencia. De este modo, cuando llegue el momento de la muerte, ya no se encontrará con algo desconocido y aterrador, sino con un rostro familiar, con el mismo resplandor que ha cultivado en la práctica.
Luego desarrollamos un apartado sobre estás prácticas principalmente del budismo tibetano que tienen como fin por un lado la desidentifixacion con el propio cuerpo e identidad, la práctica de la disolución y por otro lado identificación con la naturaleza primordial de la mente configurada en una deidad.
El Bardo Thödol insiste en que la clave está en el reconocimiento. Así lo señala otro pasaje:
> “En el instante en que cesa la respiración, surge el estado de la realidad desnuda, libre de toda construcción conceptual. No lo temas. No lo confundas con el vacío de la nada. Esa es tu propia mente, luminosa, vacía y sin muerte. Si la reconoces, permanecerás en el estado de Buda”.
Aquí Padmasambhava introduce una advertencia fundamental: la confusión que surge en la mente ordinaria suele tomar la luminosidad como una amenaza, interpretándola como aniquilación o como un vacío de la nada. Pero esa interpretación es justamente el fruto de la ignorancia. La enseñanza insiste en que lo que aparece no es “otra cosa”, sino la mente misma en su condición más pura y originaria. Reconocer esa identidad es alcanzar la liberación.
La radicalidad de este mensaje tiene un peso existencial que trasciende lo doctrinal. El ser humano, habituado a sostener su identidad en imágenes, conceptos, roles y cuerpos, teme la disolución porque cree que sin esas referencias no hay nada. El bardo del morir nos revela lo contrario: al caer las máscaras, lo que permanece no es la nada, sino la conciencia misma, más allá de la muerte.
Sin embargo, Padmasambhava no oculta la dificultad del proceso. Reconocer la luminosidad no es automático. Si la mente ha estado dominada por el apego, la ira, la confusión, lo que aparecerá en el tránsito del morir serán proyecciones aterradoras, visiones de deidades coléricas o paisajes infernales. No se trata de realidades externas, sino de proyecciones kármicas de la propia mente. Como advierte el texto:
> “Todos los sonidos, luces y colores que experimentas en este momento no son otra cosa que proyecciones de tu propia mente. No los temas. No te aferres. Reconócelos como tales, y serás liberado”.
El proceso de las imágenes y experiencias de la realidad siempre será la forma de espejo, de la propia mente , consecuencias de ello que fue lo que estuvo presente como impresión psíquica.
Este recordatorio resuena como un principio universal: la mente crea sus propios cielos e infiernos, tanto en vida como en la muerte. Lo que Padmasambhava enseña es que, en el momento crítico, reconocer esa naturaleza proyectiva es lo que diferencia la liberación de la confusión.
Desde esta perspectiva, el bardo del morir no es únicamente un estado post mortem, sino una metáfora de todo proceso de disolución en la vida. Cada pérdida, cada ruptura, cada crisis vital es un “bardo”, una transición donde se desmoronan nuestras seguridades y surge el resplandor de lo desconocido. Si entrenamos la mente en reconocer ese resplandor como la naturaleza misma de la conciencia, estaremos preparados no solo para la muerte física, sino para todos los pequeños “morir” que la existencia nos impone.
En conclusión, Padmasambhava nos transmite que el bardo del morir es la gran oportunidad de liberación, pero también el espejo definitivo de lo que hemos cultivado en vida. El morir no inventa nada nuevo: simplemente desvela. Si hemos entrenado el reconocimiento, la luz será liberadora; si no, la confusión nos arrastrará hacia otro ciclo de nacimiento y muerte.
Esta enseñanza, en su núcleo, constituye una invitación a vivir desde ahora con la conciencia de la impermanencia, a entrenar la mente en reconocer la luminosidad y a soltar los apegos que nos atan a lo ilusorio. Porque el bardo del morir no es un suceso lejano que acontecerá algún día: es un horizonte que ya nos habita, un espejo siempre presente, que nos llama a vivir con la lucidez de quien sabe que cada instante puede ser liberador.
Hasta aquí concepto del bardo del morir en Padmasambava.
Aquí tienes el desarrollo solicitado sobre la concepción del bardo en Ram Dass, siguiendo las pautas de extensión (aprox. 8 carillas), profundidad simbólica, filosófica y existencial, con un estilo de redacción acorde al de Rafael Lagomarsino:
El bardo en la concepción de Ram Dass
El encuentro de Ram Dass con el concepto de “bardo” abre una puerta a un cruce fecundo entre la tradición contemplativa budista y la contracultura espiritual de Occidente. Si bien el término le llega filtrado por traducciones modernas del Bardo Thödol y la enseñanza de lamas tibetanos en Norteamérica, su apropiación del concepto se da en clave experiencial: no tanto como un dogma a ser creído, sino como un mapa simbólico que permite reconocer procesos de muerte y renacimiento en la vida cotidiana y en el morir mismo. Así, la visión de Ram Dass se sitúa a medio camino entre el linaje tradicional y la sensibilidad existencial de una generación que buscaba en Oriente herramientas para comprender la muerte más allá de la clausura materialista.
Cuando Ram Dass, anteriormente conocido como Richard Alpert, transitó su despertar interior bajo la guía de Neem Karoli Baba en la India, el concepto de bardo le resultó profundamente iluminador, pues condensaba una intuición que ya había percibido en experiencias previas con psicodélicos: la muerte no es un evento súbito, sino una transición de estados de conciencia. Desde esa base, el bardo deja de ser solamente un “entre” después de la muerte biológica, y pasa a ser una metáfora universal de los pasajes de la existencia, de cada caída del yo y cada irrupción de lo desconocido. La enseñanza tibetana que describe minuciosamente las etapas de disolución se convierte, en la visión de Ram Dass, en una pedagogía de la rendición: cómo aprender a soltar, cómo morir antes de morir, cómo habitar la incertidumbre.
El aporte de Ram Dass en este punto es doble. Por un lado, rescata del budismo tibetano la riqueza simbólica del bardo como cartografía de la transición; por otro, lo traduce al lenguaje de la psicología y la espiritualidad contemporánea, haciéndolo comprensible y practicable incluso para quienes no comparten el marco doctrinal del karma y la reencarnación.
El bardo, en su interpretación, no es únicamente el espacio intermedio entre esta vida y la siguiente, sino todo “entre” donde la identidad yoica se desintegra y transmuta en una nueva .
Un diagnóstico médico, una pérdida amorosa, el fin de un rol social, incluso la vivencia de una meditación profunda: todos pueden experimentarse como bardos, como umbrales en los que el viejo yo muere y otro aún no ha nacido.
En sus conferencias y escritos, Ram Dass insiste en que el verdadero aprendizaje del bardo es cultivar una presencia consciente en medio de la disolución. Allí donde la mente busca aferrarse, proyectar o negar, la enseñanza es aprender a quedarse, desnudo de certezas, en el vacío del pasaje. “El ego muere mil veces antes de la muerte física”, repetía, y cada una de esas muertes es un entrenamiento para el tránsito final. Así, la práctica espiritual no se orienta a preparar un “más allá” abstracto, sino a enfrentar con claridad cada transición vital. Desde esta óptica, el Bardo Thödol no es un manual esotérico para el difunto, sino un espejo de los procesos internos que cualquier ser humano atraviesa en vida.
Ram Dass conecta esta visión con su experiencia como acompañante de personas en el morir. Su célebre trabajo en hospicios y grupos de duelo en los Estados Unidos lo llevó a encarnar el bardo no como teoría, sino como práctica de compasión. Al sostener la mano de alguien que exhala su último aliento, descubría que el bardo no es un estado lejano ni misterioso, sino el silencio presente en ese instante, cuando la respiración se suspende y el tiempo parece abrirse. El morir se revela entonces como el bardo por excelencia, pero no como ruptura traumática, sino como la continuidad de una enseñanza vivida cada día: la del desapego, la del soltar lo que creemos ser.
La concepción de Ram Dass también refleja la influencia de su formación occidental y su apertura a múltiples tradiciones. Aunque reconoce el linaje tibetano como fuente del concepto, su interpretación no queda atrapada en marcos sectarios. Para él, el bardo dialoga con la idea cristiana del purgatorio, con los símbolos del renacimiento en el hinduismo, con las metáforas existenciales de Heidegger sobre el “ser-para-la-muerte”, en el cual el Ser auténtico se puede manifestar como consecuencia del asumir el propio de nal.
Esta apertura le permite resignificar el bardo como experiencia universal, más allá de sistemas de creencias: lo que cambia es la manera de nombrar y acompañar la transición, pero el núcleo —la disolución del yo y el surgimiento de una conciencia más amplia— permanece constante.
En su libro Still Here (“Aún aquí”), escrito tras sufrir un accidente cerebrovascular que lo dejó parcialmente paralizado, el bardo adquiere en Ram Dass un tono aún más personal y encarnado. Allí describe su enfermedad como un proceso de muerte en vida, un bardo prolongado en el que su identidad de maestro carismático y activo debía morir para dejar lugar a otra forma de presencia. En esta vivencia, se cumple la enseñanza esencial del bardo: aceptar el desmoronamiento del ego, reconocer el dolor y la pérdida, pero no aferrarse a ellos. Su experiencia personal confirma que el bardo no es teoría ni metáfora, sino el corazón mismo de la existencia cuando se vive desde la conciencia de la impermanencia.
Si se compara con Padmasambava o con la tradición tibetana ortodoxa, se advierte que Ram Dass no pone el acento en las descripciones cosmológicas de las etapas post-mortem, ni en la visión precisa de los fenómenos luminosos o deidades pacíficas e iracundas. Lo suyo es más bien un uso hermenéutico del bardo: un mapa flexible para aprender a morir en cada instante, en cada transformación inevitable. Al hacerlo, rescata la dimensión pedagógica y terapéutica del concepto, orientándolo hacia la cultura occidental contemporánea que, a menudo, carece de lenguajes para acompañar la muerte.
El legado de Ram Dass en torno al bardo puede resumirse en tres claves. Primero, la insistencia en que el bardo no comienza en el último aliento, sino en cada momento en que la vida nos exige soltar. Segundo, la invitación a vivir la muerte como una expansión de conciencia, no como un final. Y tercero, la comprensión de que el acompañamiento compasivo es una forma de transitar juntos los bardos, reconociendo en cada tránsito la posibilidad de despertar.
En suma, la concepción del bardo en Ram Dass mantiene la esencia de la enseñanza tibetana, pero la reinterpreta en un horizonte más existencial y humanista. El morir se convierte en metáfora de toda transición, y el bardo en una invitación a habitar lo incierto con conciencia plena. Así, su aporte puede ser leído como un puente: entre Oriente y Occidente, entre tradición y modernidad, entre el morir físico y las muertes cotidianas que nos transforman. Su voz resuena como un recordatorio de que el bardo está siempre aquí, en cada instante de soltar, y que la única preparación real para la muerte es aprender a morir —y renacer— mientras vivimos.
Hasta aquí aportes de Ram Dass sobre el concepto del bardo.
La disolución burda del bardo del morir en Padmasambhava
En las enseñanzas de Padmasambhava, recogidas en el Bardo Thödol, la experiencia del morir es descrita con una precisión que sorprende tanto al lector moderno como al practicante tradicional. Se trata de una cartografía minuciosa de la conciencia en el instante de la muerte, que no se limita a un proceso fisiológico, sino que lo integra en un horizonte espiritual más amplio, donde la disolución del cuerpo y la mente abre la posibilidad del reconocimiento de la naturaleza última de la realidad. La fase conocida como la disolución burda constituye la primera etapa de este tránsito y corresponde al desmoronamiento progresivo de los elementos físicos y sus correlatos mentales, que el moribundo atraviesa con distintos signos internos y externos.
Padmasambhava, al describir estas fases, enseña que la muerte no es un simple apagamiento de la vida biológica, sino un retorno de los elementos constitutivos a sus matrices originales. Cada elemento se reabsorbe en el siguiente, mostrando tanto un signo externo —visible para quienes acompañan al moribundo— como un signo interno —experimentado subjetivamente en la conciencia de quien muere.
Así, el proceso del morir se convierte en una enseñanza contemplativa, un recordatorio de que la existencia compuesta es impermanente y de que, en el mismo derrumbe de la forma, se abre la revelación de la verdad última, que se encuentra en el propio fundamento de cada elemento.
El fenómeno que suele ocurrir en el proceso de disolución de cada elemento es sentirlo expresado en su máxima expresión para luego disolverse.
Por ejemplo agua antes de disolverse en el fuego se siente uno hundiéndose en el agua para luego sentirse muchísima sed.
La primera fase de la disolución es la de la tierra disolviéndose en el agua.
La imagen captura una escena de profunda transformación y transición, evocando la naturaleza efímera de la existencia. En primer plano, el agua, vasta y misteriosa, se extiende como un espejo que refleja un cielo crepuscular. Las tonalidades anaranjadas y azules del horizonte se funden suavemente, sugiriendo el delicado equilibrio entre el día y la noche, o entre la vida y la disolución. Las formaciones terrestres, con sus texturas erosionadas y agrietadas, parecen desmoronarse y ceder ante el abrazo líquido, simbolizando la "disolución burda de la tierra". Cada grieta y fisura en el terreno seco es un recordatorio de la impermanencia, de cómo lo que parece sólido eventualmente se rinde a lo intangible.
Padmasambhava describe que en este momento el cuerpo comienza a perder fuerza: los miembros se vuelven pesados, el rostro se hunde, los ojos se nublan. El signo externo es la incapacidad para sostenerse, la sensación de desmoronamiento físico. El signo interno, en cambio, es percibido como una visión de espejismos, como si la conciencia experimentara una distorsión en la claridad del entorno. Esta visión no es arbitraria: simboliza el carácter ilusorio de la forma, la tierra que se deshace en lo líquido, el soporte material que se desmorona en fluidez. Según el Bardo Thödol, este instante es una oportunidad para reconocer que aquello que se derrumba nunca fue sólido en sí mismo, sino compuesto y vacío por naturaleza. Thubten Chodron comenta en su glosa moderna que el meditador entrenado puede, en este mismo signo, practicar la contemplación de la impermanencia y sostener la atención sin apegarse al cuerpo que declina.
La segunda fase corresponde al agua disolviéndose en el fuego.
Los fluidos corporales disminuyen, la boca y la garganta se secan, los labios se agrietan. Externamente, los signos son de deshidratación y pérdida de secreciones; internamente, la conciencia experimenta la visión de humo o neblina que asciende en el espacio. Padmasambhava interpreta esta fase como el colapso de la energía vital asociada al agua, que retorna a su origen, y con ello la experiencia subjetiva se ve envuelta en una atmósfera confusa. La neblina es una imagen del oscurecimiento de la mente que no logra aferrarse a las formas conocidas. Sin embargo, para el practicante entrenado, esta experiencia es también una metáfora del disolverse de las emociones ligadas a la fluidez: el apego, la atracción, el deseo de sostener la vida. El agua, que en la vida corriente nutre y conserva, en el morir retorna a su matriz, dejando la conciencia expuesta a una transformación más profunda.
Imagen de la disolución de el agua en fuego en estilo del tarot de Osho.
La imagen, que evoca el estilo artístico y simbólico del tarot de Osho, presenta una poderosa colisión entre el agua y el fuego. A la izquierda, una gran ola estilizada, que recuerda a la icónica obra "La gran ola de Kanagawa" de Hokusai, se levanta con fuerza y detalles que se asemejan a grabados japoneses. A la derecha, un muro de llamas rojas y naranjas, que se ondulan con una energía caótica pero controlada, representa el elemento fuego. Desde el punto de encuentro de estos dos elementos, un espiral de neblina blanca y etérea se eleva hacia un cielo nocturno salpicado de estrellas, simbolizando la transformación del agua en vapor. El contraste de colores entre el azul profundo de la ola y los tonos ardientes del fuego crea una tensión visual que se resuelve en la suave ascensión de la neblina. La escena captura un momento de transición y trascendencia, donde lo líquido y lo ardiente se funden para dar lugar a una nueva forma de existencia, que se eleva hacia lo cósmico.
La tercera fase se da cuando el fuego se disuelve en el aire.
Aquí el cuerpo pierde temperatura, las extremidades se enfrían, el calor vital se concentra en torno al corazón o en la coronilla, dependiendo del karma y de la práctica del individuo. El signo interno es la visión de chispas o brasas que se extinguen, como si el fuego interior se apagara. Para el moribundo, esto puede sentirse como una pérdida de energía, una incapacidad para mantener el calor que sostenía la vida. Pero desde la mirada simbólica, es también la extinción de la pasión y la ira, emociones ligadas al fuego. Padmasambhava enseña que este es un momento crítico: si la mente logra reconocerse en la claridad que comienza a despuntar tras la extinción del fuego, puede prepararse para el encuentro con la luminosidad del bardo interno. En cambio, si se aferra al calor que se pierde, caerá en el temor y la resistencia, generando un karma que condicionará las fases posteriores.
La cuarta fase es la del aire disolviéndose en la conciencia.
Fisiológicamente, corresponde a la dificultad para respirar, al jadeo entrecortado, al cese progresivo de la función pulmonar. El signo interno se manifiesta como la visión de una llama vacilante, una luz que titila antes de apagarse. El moribundo puede sentir que el aliento se escapa, que el soplo vital lo abandona, y en esa vivencia se sintetiza la fragilidad de toda existencia condicionada. Padmasambhava subraya que aquí se juega el tránsito hacia la fase más sutil: la mente, ya desprovista de soporte material, queda desnuda ante sí misma. Es el umbral en el que la conciencia, si está entrenada, puede reconocer su naturaleza clara y luminosa, sin apoyos ni referencias externas. De lo contrario, caerá en la confusión y será arrastrada por las visiones kármicas que caracterizan el bardo intermedio.
Estas cuatro fases componen la disolución burda del morir, en la que los elementos se reabsorben unos en otros. Sin embargo, la descripción de Padmasambhava no se limita a un relato fenomenológico. Cada etapa es también una enseñanza simbólica y meditativa. El proceso de disolución revela que todo lo que consideramos sólido y permanente —el cuerpo, las emociones, incluso la mente ordinaria— se deshace y retorna a su fuente. Esta visión coincide con la doctrina budista del vacío (śūnyatā): lo que muere nunca tuvo existencia independiente, sino que fue siempre una conjunción de causas y condiciones.
Resulta significativo que los signos internos se describan con imágenes —espejismos, humo, chispas, lámpara que titila—. No se trata de simples alucinaciones, sino de visiones arquetípicas que reflejan la interdependencia entre cuerpo y mente en el morir. Francesca Fremantle, en su comentario al Bardo Thödol, destaca que estas visiones son como “símbolos espontáneos de la disolución”, metáforas vivas que expresan en la conciencia lo que el cuerpo atraviesa en lo físico. Así, el morir es comprendido como un proceso unitario en el que lo fisiológico y lo espiritual se espejan.
La disolución burda es también una pedagogía de la renuncia. Cada elemento que se disuelve representa un aspecto del ego que debe soltarse. Cuando la tierra se desmorona, se deshace la ilusión de tener un soporte firme; cuando el agua se seca, se suelta el apego a la nutrición y la fluidez de la vida; cuando el fuego se extingue, se apaga la pasión y el deseo de control; cuando el aire se disipa, se suelta el mismo soplo vital al que nos aferramos como identidad. Este proceso es doloroso si se vive desde el apego, pero liberador si se vive como un reconocimiento de la impermanencia.
Finalmente, Padmasambhava enseña que al concluir esta disolución burda se abre la posibilidad del encuentro con la luminosidad primordial, la naturaleza de la mente más allá de los elementos. El practicante que, entrenado en la meditación, reconoce en cada signo interno un reflejo de la vacuidad, puede atravesar la muerte no como un colapso, sino como un despertar. Por ello, en la tradición tibetana, el morir no se teme como aniquilación, sino que se contempla como una oportunidad última de liberación.
Hasta aquí disolución grosera en Padmasamvaba.
La disolución burda en el bardo del morir según Chögyam Trungpa
En la tradición tibetana, la fase de la disolución burda es aquella en la que los cuatro elementos del cuerpo —tierra, agua, fuego y aire— se van desintegrando sucesivamente, marcando el tránsito del organismo hacia el cese de la vida. Padmasambhava transmitió esta enseñanza en términos de señales físicas, visiones interiores y significados profundos, mostrando que cada etapa del morir es un espejo donde se revela la impermanencia y la insustancialidad del yo.
Chögyam Trungpa Rimpoché, con su estilo directo y desmitificador, heredó este mapa y lo tradujo para Occidente con una fuerza particular. En sus enseñanzas, la disolución burda no aparece como un inventario técnico, sino como una experiencia existencial que refleja lo que siempre ocurre: el desmoronamiento de nuestras referencias habituales. El morir es, para Trungpa, el bardo supremo, porque en él se quiebran todas las seguridades del ego. Comprender las etapas de la disolución burda en su interpretación es comprender cómo se desmantela, capa por capa, la ilusión de solidez que sostiene nuestra identidad.
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El sentido del desmoronamiento
En Transcending Madness, Trungpa afirma:
> “La muerte es el proceso en el que se nos despoja de toda referencia. El cuerpo deja de sostenernos, la mente pierde su agarre, y lo único que queda es la conciencia desnuda. Si estamos dispuestos a mirar sin temor, descubriremos que esa desnudez no es aniquilación, sino despertar”.
Lo que para la mente ordinaria es un colapso aterrador, para la mirada budista es un proceso natural de revelación. La disolución burda no destruye nada real; simplemente retira los velos que confundíamos con nuestra identidad. En esa perspectiva, Trungpa insiste en que la práctica de la meditación es un ensayo continuo de este proceso: cada vez que soltamos un pensamiento, un apego, una emoción, estamos anticipando la misma dinámica que se desplegará al morir.
La disolución del elemento tierra en agua.
La primera etapa es la disolución del elemento tierra en agua. Exteriormente, el cuerpo pierde fuerza, los miembros se debilitan, los rasgos faciales se hunden. Interiormente, aparece la sensación de ser arrastrado o de desmoronarse. La mente percibe imágenes de montañas que se derrumban, de estructuras que se quiebran.
Trungpa describe este momento como el inicio del colapso de la solidez ilusoria:
> “El ego siempre se sostiene en la idea de tierra firme. Cuando ese suelo comienza a desaparecer, sentimos que caemos en el vacío. Esa caída no es castigo ni accidente, es el comienzo de ver que nunca hubo un terreno sólido”.
En esta etapa, lo que se desmorona no es solo la fuerza del cuerpo, sino la creencia en un yo estable. La práctica que Trungpa propone es aceptar esa fragilidad, no luchar contra la caída, sino dejarse caer como en la meditación, donde aprendemos a soltar apoyos conceptuales.
La disolución del elemento agua en aire.
La segunda fase es la disolución del agua en fuego. El cuerpo pierde humedad: la boca se seca, los líquidos internos disminuyen, la circulación se enlentece. Interiormente, se percibe la sensación de que los ríos se secan, de que la fluidez desaparece. Las visiones pueden ser de corrientes que se detienen o de olas que se apagan.
Trungpa interpreta esta etapa como la pérdida del sostén emocional:
> “El agua representa la flexibilidad de nuestras emociones, el vaivén con el que nos movemos en la vida. Cuando el agua se seca, ya no hay fluidez. Esto nos confronta con la rigidez de la mente desnuda. El practicante aprende que la fluidez del ego era también un hábito ilusorio”.
Aquí aparece el miedo al estancamiento, al no poder “fluir” con las circunstancias. Pero Trungpa subraya que lo que se experimenta no es una verdadera sequía, sino la revelación de que lo que creíamos movimiento era una construcción. En la meditación, cuando dejamos que las emociones se disipen, ya estamos ensayando este paso: aprender a reconocer el espacio seco, silencioso, como apertura y no como amenaza.
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La disolución del elemento fuego en aire.
La tercera etapa es la disolución del fuego en aire. El calor del cuerpo comienza a retirarse, las extremidades se enfrían, la piel pierde color. Interiormente, la experiencia es la de brasas que se apagan, de llamas que se extinguen. La mente puede ver destellos como chispas que se disuelven.
Para Trungpa, este paso refleja el desmantelamiento de la pasión y la vitalidad que alimentaban la identidad.
> “El fuego del ego es la energía de la ambición, de la pasión por sostener la imagen de uno mismo. Cuando ese fuego se extingue, aparece un frío que asusta. Pero en realidad es la frescura de la mente que ya no necesita encender artificios”.
La enseñanza aquí es que no debemos confundir la pérdida del calor con la pérdida de sentido. Lo que se extingue es el ardor del aferramiento, y lo que surge es un espacio fresco, transparente. Trungpa veía en este momento un paralelo con la experiencia de la práctica de shamatha, cuando los pensamientos apasionados se aquietan y la mente descansa en un estado simple, claro, sin necesidad de combustión.
La disolución del elemento aire en conciencia.
La cuarta fase es la disolución del aire en conciencia. El ritmo de la respiración se vuelve irregular, el aire se corta, la exhalación se alarga hasta detenerse. Interiormente, la sensación es la de ráfagas que cesan, de movimientos que se extinguen. La mente puede ver imágenes de vientos que desaparecen, de banderas que caen.
Trungpa comenta:
> “El aire es el símbolo del movimiento del ego, de su constante agitación para sostenerse. Cuando el aire cesa, lo que se disuelve es esa agitación. El practicante descubre que sin movimiento no hay muerte, solo quietud. Y esa quietud es la puerta hacia la realidad desnuda”.
Este es el instante crítico, porque la mente ordinaria confunde la quietud con la desaparición. Trungpa enfatiza que se trata de un umbral: al cesar el aire, lo que surge no es la nada, sino la conciencia desnuda, libre de agitación.
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El cierre de la disolución burda
Con el cese de la respiración, la fase burda del morir concluye. Para la mirada externa, el cuerpo ha muerto. Pero desde la perspectiva budista, la conciencia aún no ha atravesado las etapas sutiles: permanece en proceso de disolución interior. Trungpa insistía en que este intervalo es decisivo, porque allí se juega la posibilidad de reconocer o no reconocer.
Lo que la disolución burda nos enseña, en suma, es que el yo no es sólido, que sus apoyos físicos y energéticos son transitorios. Cada etapa es una invitación a soltar una fijación: primero la solidez, luego la fluidez, después la pasión, finalmente la agitación. Lo que queda es la mente desnuda, que todavía debe atravesar la revelación de la luz clara en la fase sutil.
Hasta acá disolución grosera en Trungpa
Signos de disolución burda en Ponlop Rimpoche.
Los signos internos y externos de la disolución burda de la tierra en agua según Dzogchen Ponlop Rinpoché
Cuando Dzogchen Ponlop Rinpoché expone el proceso de la muerte en Mind Beyond Death (2006), recoge con gran claridad los signos tanto externos como internos que acompañan cada etapa de la disolución burda. Su enseñanza es directa: no basta con una comprensión intelectual, sino que se trata de un mapa experiencial que prepara al practicante para reconocer los cambios que inevitablemente ocurren en el morir, transformándolos en puertas de liberación. En este sentido, la primera fase —la disolución del elemento tierra en el agua— inaugura el tránsito, y concentra en sí misma una poderosa simbología de desprendimiento, pérdida y transformación.
Ponlop Rinpoché explica que los signos de esta etapa pueden distinguirse en dos niveles:
1. Externos: son observables por quienes rodean al moribundo, señales fisiológicas y conductuales que muestran el decaimiento del cuerpo físico.
2. Internos: son percibidos únicamente por la conciencia del moribundo, visiones, sensaciones y experiencias subjetivas que reflejan el colapso del soporte material de la existencia.
Los signos externos: el cuerpo que se desmorona
En esta fase, el elemento tierra, que da firmeza, estabilidad y cohesión, comienza a disolverse. Como describe Ponlop Rinpoché, lo primero que se nota es una pérdida progresiva de la fuerza física: el cuerpo se vuelve pesado, las extremidades no responden con la misma precisión, y el moribundo pierde coordinación motriz. Su semblante se apaga, el color del rostro se torna pálido o amarillento, y los músculos empiezan a aflojarse, mostrando la pérdida de la energía vital que sostenía la forma.
El maestro explica que otro signo externo característico es que el moribundo ya no puede sostener su propio peso. Incluso acostado, la persona puede sentir como si se hundiera en la cama, como si la tierra se derrumbara bajo ella. Para los observadores, esta sensación se traduce en un cuerpo cada vez más inmóvil, rígido y sin control de sus funciones.
A nivel de los sentidos, Ponlop Rinpoché indica que la visión se debilita: los ojos pierden brillo, la mirada se nubla, y resulta difícil enfocar los objetos. Este es un signo externo clave, pues refleja la declinación del elemento tierra en relación con la capacidad de percepción visual.
Estos signos, observables por el entorno, marcan para el practicante y sus acompañantes espirituales la entrada al proceso de disolución burda, y pueden servir como recordatorio para guiar la mente en prácticas de atención plena y de entrega.
Los signos internos: la experiencia subjetiva del colapso
Más allá de lo visible, Ponlop Rinpoché señala que el moribundo atraviesa signos internos mucho más significativos desde el punto de vista espiritual. El primero y más característico es la sensación de que el cuerpo se aplasta, se hunde o se derrumba como una montaña desmoronándose. Es una experiencia vívida y, a veces, aterradora: el soporte material, la firmeza que daba un sentido de estabilidad, se desintegra.
En términos de visión interna, el moribundo percibe imágenes semejantes a espejismos o reflejos. Ponlop Rinpoché aclara que estos espejismos no son ilusiones arbitrarias, sino expresiones de la desintegración del elemento tierra y de la percepción ligada a la solidez. Así como en el desierto se ve el espejismo de agua donde solo hay arena, en la conciencia se manifiesta el reflejo ilusorio de lo que alguna vez fue firmeza y permanencia.
Aquí aparece el eco de la enseñanza fundamental de la impermanencia: lo que parecía sólido se revela como vacío, lo que parecía estable se transforma en imagen ilusoria.
Simbolismo de la tierra disolviéndose en agua
El paso de la tierra al agua encierra una rica carga simbólica que Ponlop Rinpoché no explicita de modo sistemático, pero que puede deducirse de su presentación y que otros maestros tibetanos han subrayado. La tierra representa la forma, la materialidad, el cuerpo como base de la experiencia. Cuando se disuelve, la conciencia se sumerge en la fluidez del agua, en la corriente del sentir y del movimiento.
Desde una mirada simbólica, se trata de la transición desde la rigidez a la plasticidad, del control físico a la vulnerabilidad emocional. El moribundo abandona la ilusión de solidez para adentrarse en un estado donde la corriente de la mente se hace más evidente.
Conexiones con otros maestros y académicos
Francesca Fremantle, en Luminous Emptiness (2001), señala que esta primera disolución es especialmente difícil porque pone en crisis la identidad corporal. El practicante siente que pierde su soporte básico, y aquí se activan los miedos más profundos: miedo a caer, a perder el suelo, a ser devorado por lo informe.
Sogyal Rimpoché, en El libro tibetano de la vida y la muerte (1992), coincide en que esta etapa se manifiesta como una experiencia de hundimiento y pesadez, acompañada de visiones como espejismos. Insiste en que el reconocimiento de estos signos es fundamental para mantener la lucidez: si el moribundo se aferra al miedo, pierde la oportunidad de soltar y abrirse a la claridad de la conciencia.
Dimensión práctica y contemplativa
Ponlop Rinpoché insiste en que conocer estos signos no debe quedar en teoría. En la práctica, cuando se experimentan estas señales, lo crucial es recordar la instrucción del maestro y dirigir la mente hacia un objeto de refugio —el Buda, la naturaleza de la mente, o la práctica meditativa cultivada durante la vida—. De este modo, el signo interno de hundimiento deja de ser una amenaza y se convierte en un recordatorio de que todo soporte externo se disuelve, y que solo la conciencia despierta permanece como refugio verdadero.
Hasta aquí signos de primera disolución de tierra en agua en Ponlop Rimpoche.
La disolución burda del agua en fuego según Ponlop Rinpoché
Dentro del proceso de la muerte según la tradición tibetana, cada elemento va cediendo su función al siguiente, marcando un tránsito tanto fisiológico como psíquico, con signos externos y internos que se corresponden con el colapso del organismo y con la experiencia visionaria del moribundo. El maestro contemporáneo Dzogchen Ponlop Rinpoché dedica una explicación precisa a estas fases en su obra Mind Beyond Death, donde expone cómo el agua se disuelve en el fuego, en un proceso que refleja tanto la desintegración de la energía vital como la aparición de fenómenos arquetípicos de la conciencia en el umbral de la disolución.
Tras la primera etapa —la tierra disolviéndose en el agua—, que señalaba el debilitamiento de la estructura y de la fuerza física del cuerpo, ahora el proceso avanza a una fase aún más radical: el agua cede al fuego. El agua representa la fluidez, la humedad, la lubricación del cuerpo y la mente; al extinguirse, el cuerpo pierde progresivamente sus líquidos vitales, y con ellos la capacidad de sostener la vitalidad orgánica y la coherencia emocional.
Los signos externos de la disolución del agua en fuego
Ponlop Rinpoché explica que, en este estadio, los signos externos son perceptibles para los acompañantes del moribundo y se manifiestan en el cuerpo físico. El primero de ellos es la sequedad creciente. Los labios se agrietan, la lengua se reseca, la garganta parece incapaz de tragar. La persona experimenta una sed intensa, aunque muchas veces ya no puede articularla. El rostro pierde la frescura y la humedad natural que lo caracterizaba, y la piel empieza a apagarse como un campo reseco.
El agua no es solo humedad física: en la tradición médica tibetana, este elemento corresponde también a la sangre, la linfa y los fluidos vitales. Su disolución se traduce entonces en el agotamiento circulatorio, en el colapso de la hidratación interna. El pulso se vuelve débil, irregular, cada vez más difícil de percibir. El cuerpo pierde elasticidad y consistencia, como si se secara desde dentro. En palabras de Rinpoché:
> “Cuando el agua se disuelve en el fuego, la vida misma parece retirarse de las venas; la corriente se interrumpe y el calor interno se prepara para consumirse” (Mind Beyond Death, cap. 7).
Otro signo externo es el deterioro de los sentidos asociados al agua, principalmente el gusto. El moribundo ya no puede percibir sabores, y lo que antes resultaba dulce o amargo ahora se vuelve indiferente. Asimismo, puede presentarse pérdida de la audición, dado que en algunas correspondencias el oído también se vincula con la fluidez interna. Estos signos se suman a un deterioro progresivo en la coordinación del habla, ya que la lengua, al secarse, pierde movilidad.
Los signos internos: visiones y experiencias
Más allá de lo corporal, Ponlop Rinpoché enfatiza que esta fase va acompañada de signos internos que son experimentados por la conciencia del moribundo. Mientras que en la primera disolución (tierra en agua) se describe la visión de una neblina o bruma, ahora surge una visión interna semejante al humo que se dispersa en el aire. Es un humo tenue, difuso, que parece invadir el campo mental, indicando la desaparición de la claridad que proporcionaba el elemento agua.
Este signo no debe entenderse de manera literal, sino como un fenómeno arquetípico de la conciencia. El humo representa la confusión naciente, el pasaje entre la humedad estabilizadora y el calor inestable del fuego. Allí donde el agua contenía y suavizaba, el fuego comienza a manifestarse como chispa de transformación. Para el meditador preparado, este signo es una clave: le recuerda que lo que está ocurriendo no es una aniquilación, sino una transición hacia estados más sutiles de la mente.
Ponlop Rinpoché indica que la aparición del humo también refleja la mezcla de claridad y opacidad en la mente moribunda. No se trata de una oscuridad absoluta ni de una visión clara, sino de un intermedio donde la conciencia oscila. Es una metáfora de la lucha interna entre apego y liberación, entre aferramiento y entrega.
Dimensión simbólica de la disolución del agua en fuego
Desde un punto de vista simbólico, esta fase puede entenderse como el pasaje de la emoción al deseo. El agua representa la esfera de los afectos, las emociones ligadas al apego y la ternura; al extinguirse, esas corrientes afectivas se secan, y surge el fuego, que es deseo ardiente, impulso transformador, pero también posible agitación y apego residual. Así, el tránsito del agua en fuego simboliza el momento en que la vida emocional cede a un calor interno que consume.
El fuego, además, es en las tradiciones espirituales símbolo de purificación. La desaparición de los fluidos vitales prepara al moribundo para la combustión interna, para el desprendimiento final del cuerpo como vehículo. El calor interno, que todavía permanece, se irá retirando progresivamente, pero antes cumplirá la función de quemar los restos de apego físico.
El correlato en la práctica contemplativa
Ponlop Rinpoché subraya que conocer estos signos no solo tiene un valor teórico. El practicante que los reconoce puede utilizarlos como señales meditativas. Ante la sequedad, puede recordar la naturaleza ilusoria del cuerpo físico; ante la visión del humo, puede contemplar la impermanencia de los fenómenos y abrirse al espacio de la mente clara que se revelará más adelante.
> “Quien se ejercita en reconocer estos signos, al ver el humo interno no cae en confusión, sino que lo utiliza como un recordatorio de la vacuidad en que todos los fenómenos se disuelven” (Ponlop Rinpoché, Mind Beyond Death).
En este sentido, cada fase de disolución no es solo pérdida sino enseñanza. El agua, que parecía dar vida, al retirarse muestra que la vida no se sostenía por ella misma, sino por una red más profunda de interdependencia. El fuego que viene a continuación es tanto amenaza como promesa: amenaza de la extinción corporal, promesa de una purificación hacia estados más sutiles.
Comparaciones con otros textos
En el Bardo Thödol, Padmasambava también describe esta fase, señalando que la visión del humo anuncia la transición de lo burdo a lo más sutil. Autores modernos como Francesca Fremantle y Chögyam Trungpa han remarcado que este humo simboliza la disolución de la claridad emocional en una energía más penetrante. La coincidencia de Ponlop Rinpoché con estas fuentes muestra la continuidad de la enseñanza: el proceso del morir no es lineal sino espiralado, y cada imagen interior tiene un sentido liberador si se la contempla con sabiduría.
Hasta aquí los signos de la segunda disolución de agua en fuego.
Aquí te comparto un desarrollo extenso sobre los
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La disolución del fuego en aire según Ponlop Rinpoché: signos internos y externos
Los signos externos: enfriamiento, pérdida de calor vital y fragilidad del fuego corporal
Según Ponlop Rinpoché, el primer aspecto notable en la disolución del fuego en aire es el enfriamiento progresivo del cuerpo. Mientras en la fase anterior todavía permanecía cierto calor en los miembros y en el pecho, ahora el fuego vital comienza a extinguirse. La persona moribunda ya no puede mantener el equilibrio térmico: sus extremidades se vuelven frías, y el calor corporal se retrae hacia el centro. Es característico que las manos y pies estén helados, mientras un residuo de calor se concentra en el área del corazón, donde se mantiene hasta fases posteriores.
El fuego, en la cosmología budista, está íntimamente ligado al metabolismo, la digestión y la transformación de los nutrientes. De ahí que su declive externo se manifieste también en la incapacidad de digerir alimentos o incluso de beber agua sin atragantarse. El cuerpo ya no procesa ni recibe sustento. Ponlop Rinpoché enfatiza que este es un signo inequívoco de que la disolución del fuego ha avanzado. El moribundo pierde apetito, no tolera alimentos y su boca puede secarse. Al mismo tiempo, la temperatura general del cuerpo cae drásticamente.
Otros signos externos incluyen la debilidad extrema: la persona ya no tiene fuerza para levantarse, moverse o hablar con claridad. Su voz se apaga, se vuelve apagada y entrecortada, porque el fuego que sostenía la vibración de las cuerdas vocales se disipa. La luz de los ojos también se apaga: el fuego ocular, que permitía percibir la luminosidad y el color, se extingue gradualmente, y con ello los objetos externos parecen difusos y oscuros.
Ponlop Rinpoché advierte que este apagamiento no debe leerse en clave meramente fisiológica, aunque ciertamente coincide con descripciones médicas modernas de la agonía, sino como el reflejo de un proceso energético profundo: la retirada de los elementos y sus funciones que, en la tradición tántrica, sostienen el vínculo entre conciencia y materia.
Los signos internos: chispas, humo y la visión de una luciérnaga
El aspecto más interesante en esta etapa es, sin embargo, el signo interno que el moribundo experimenta a nivel de conciencia. En la tradición, se describe como la visión de chispas, humo o luciérnagas danzando en la penumbra. Ponlop Rinpoché enfatiza que este signo no debe confundirse con meras alucinaciones, sino que constituye una manifestación de la energía de fuego que se disuelve en el aire.
El fuego es, en la tradición budista, la energía de la transformación, de la intensidad vital, de la pasión y la motivación. Cuando se extingue, se perciben destellos residuales, como los últimos fulgores de una hoguera que agoniza. El moribundo puede sentir que su entorno se llena de chispas fugaces o luces intermitentes que aparecen y se desvanecen con rapidez. También puede experimentar un sentido de humo flotando en la habitación, aunque nadie más lo vea. Esta experiencia corresponde al colapso de las energías sutiles de fuego que, hasta este momento, sostenían la claridad sensorial.
Ponlop Rinpoché explica que este signo interno es crucial porque se trata de un indicador de transición: la conciencia comienza a soltarse de la experiencia densa del cuerpo físico para entrar en los estados intermedios más sutiles. De algún modo, el fuego se despide en forma de destellos y brasas ilusorias. A nivel simbólico, podría decirse que la vida misma arde sus últimas chispas antes de apagarse.
Conexión con la práctica meditativa
El comentario de Ponlop Rinpoché no se limita a describir estos signos, sino que propone un entrenamiento de familiarización con ellos a través de la meditación. Al meditar en el fuego y visualizar su disolución, el practicante aprende a reconocer en su mente los mismos signos luminosos: destellos de luz, chispas, humo interior. De esta manera, al llegar el momento real de la muerte, no se vivirá el fenómeno como una amenaza o alucinación, sino como un proceso esperado y natural.
Además, Ponlop Rinpoché insiste en que la comprensión de estos signos internos y externos no solo beneficia al moribundo. También ayuda a familiares, médicos o acompañantes espirituales a identificar dónde se encuentra la persona en su tránsito, y a ofrecer la práctica adecuada —por ejemplo, recitación de mantras, lectura de textos sagrados o silenciosa presencia consciente— en sintonía con la fase en curso.
Resonancias simbólicas: el fuego como energía vital y pasión transformada
La disolución del fuego en aire también puede leerse en clave simbólica. El fuego representa, en múltiples tradiciones, la pasión, el deseo, la creatividad y el calor humano. En este momento del morir, la llama de esas pasiones se extingue. La persona se ve forzada a entregar su energía, su calor, su ímpetu, y a entrar en la desnudez del aire, elemento que simboliza el movimiento de la conciencia. El fuego que antes transformaba ahora cede el paso al aire que transporta, que desplaza y que finalmente permitirá liberar la mente hacia estados más sutiles.
Ponlop Rinpoché sugiere que comprender esta simbología ayuda a reconciliarse con el morir como un proceso de entrega: el calor vital no nos pertenece, las chispas de la experiencia se apagan, y con ello la conciencia se abre a un espacio más amplio, sostenido por el aire de la mente.
Hasta aquí los signos de la disolución del fuego en aire en Ponlop Rimpoche.
La disolución del aire en la conciencia según Ponlop Rinpoché ( signos externos e internos).
En la enseñanza tradicional del Bardo Thödol, Padmasambhava explica que tras la fase en que el fuego se disuelve en el aire, sobreviene la etapa más delicada del proceso del morir: la disolución del aire en la conciencia. Ponlop Rinpoché, en su obra Mind Beyond Death (2006), desarrolla con gran precisión tanto los signos externos como los internos de esta transición. Su explicación resulta especialmente valiosa porque vincula la experiencia fisiológica y psicológica del moribundo con la visión contemplativa profunda de la mente y la conciencia en el budismo tibetano.
De acuerdo con Rinpoché, los cuatro elementos ya han cumplido su ciclo de desintegración al llegar a este punto: la tierra se disolvió en agua, el agua en fuego, el fuego en aire. Con la entrada en esta fase, el aire se disuelve en la conciencia, lo cual implica que incluso las energías más sutiles que sostenían la vitalidad del cuerpo físico comienzan a apagarse. Si en las etapas anteriores los signos eran perceptibles en términos de debilitamiento de las funciones corporales (peso, sequedad, pérdida de calor, respiración irregular), en esta instancia lo que se va mostrando es la cesación definitiva de la respiración y del soporte vital.
Signos externos de la disolución del aire en la conciencia
Ponlop Rinpoché señala que, externamente, la fase de disolución del aire en la conciencia se manifiesta de modo inequívoco en la respiración. El aliento se vuelve cada vez más irregular, entrecortado y superficial. La inhalación y la exhalación pierden coordinación; se producen jadeos y pausas largas que anuncian la proximidad del último suspiro. El cuerpo puede presentar estertores, temblores, o bien rigidez, dependiendo de la disposición kármica del moribundo y del modo en que enfrenta el trance.
El maestro tibetano aclara que, en este punto, la energía vital ya no encuentra soporte en los canales sutiles del cuerpo. El viento interno (prana), que había sido el sostén del calor, del movimiento y de la respiración, comienza a replegarse en la mente misma. Como explica:
> “Cuando el aire se disuelve en la conciencia, la respiración externa se detiene y lo único que permanece activo es la conciencia que porta los vientos internos hacia el canal central” (Ponlop Rinpoché, Mind Beyond Death, p. 187).
El signo externo más evidente, entonces, es la detención final de la respiración, momento que en la medicina occidental suele considerarse como la “muerte clínica”. Sin embargo, Rinpoché enfatiza que, desde la perspectiva budista, aún no se ha producido la muerte completa, pues la conciencia continúa presente en un estado muy sutil.
Otro signo externo señalado es la pérdida del control muscular: los ojos pueden girar hacia arriba o cerrarse por completo, las manos y los pies se relajan sin fuerza, y los fluidos corporales —orina, heces, semen o secreciones vaginales— pueden evacuarse involuntariamente, indicando que ya no hay retención de la energía vital.
Signos internos de la disolución del aire en la conciencia
Los signos internos, más sutiles y difíciles de describir, constituyen el núcleo de la enseñanza de Ponlop Rinpoché. Se trata de experiencias subjetivas del moribundo, que el entrenamiento meditativo puede reconocer con claridad.
El signo principal es la percepción de una luz vacía como una llama temblorosa de una vela. Esta visión interna, conocida en la tradición como la visión de la luz como chispa o llama, representa la última impresión de los elementos y de la energía vital en la conciencia. El aire, al extinguirse, deja una huella luminosa que indica que se está llegando al umbral de la muerte.
Rinpoché describe este fenómeno con precisión:
> “En el momento en que el aire se disuelve en la conciencia, el moribundo experimenta una luz que parpadea como una llama en el viento. Es la última visión antes de que la respiración cese por completo y la mente se encuentre frente a su propia naturaleza desnuda” (Ponlop Rinpoché, Mind Beyond Death, p. 189).
Otro signo interno es la sensación de no poder inhalar ni exhalar más, acompañada de la vivencia de que toda energía de sostén se ha retirado. En términos contemplativos, se trata del ingreso de los vientos internos en el canal central (avadhuti), lo cual prepara el terreno para la revelación de la “luz clara de la mente”.
También se describe un signo de carácter psicológico: el moribundo puede experimentar una sensación de vacío total y de liberación de todo soporte material. Es como si la conciencia flotara sin dirección, sin un lugar donde aferrarse. Rinpoché señala que este estado puede ser aterrador para quien no ha cultivado práctica meditativa, pues se percibe como una pérdida total de referencia. Pero para el yogui entrenado, es la antesala de la unión con la luminosidad primordial.
Simbología y resonancia contemplativa
Desde el punto de vista simbólico, la disolución del aire en la conciencia representa el fin del movimiento, el cese de la agitación que sostiene la vida física. El aire había sido el elemento vinculado al soplo vital, a la movilidad de los pensamientos, a la circulación de la energía. Cuando se disuelve en la conciencia, ese movimiento retorna a su fuente original: la mente.
La llama temblorosa percibida internamente simboliza la fragilidad última del vínculo entre cuerpo y mente. Es una luz que titila y se extingue, recordando que todo lo condicionado es impermanente. Pero al mismo tiempo anuncia la proximidad de la luz clara, la conciencia pura que no nace ni muere.
Ponlop Rinpoché interpreta este tránsito como un puente entre lo burdo y lo sutil. Externamente, los médicos y los familiares perciben la muerte clínica; internamente, el practicante entrenado puede reconocer que aún se está en el umbral de una revelación más profunda: la naturaleza luminosa de la mente.
Reflexión final
Con la disolución del aire en la conciencia culmina el proceso de la disolución burda de los elementos. La tierra, el agua, el fuego y el aire han retornado a la mente que los sustentaba. Lo que queda es la conciencia en su estado más puro y sutil, que está a punto de revelarse en la etapa siguiente: la experiencia de la luz clara del bardo del morir.
Ponlop Rinpoché insiste en que este reconocimiento no es meramente doctrinal, sino una posibilidad real de liberación. Si el moribundo logra permanecer en atención plena y reconocer los signos internos, puede fundirse directamente con la luminosidad primordial, evitando así el tránsito por los bardos posteriores.
> “El aire que se disuelve en la conciencia es el último paso de la vida física, pero también la primera puerta hacia la mente despierta. Para quien está preparado, la muerte no es un final sino el acceso a lo inconcebible” (Ponlop Rinpoché, Mind Beyond Death, p. 192).
Hasta aquí los signos de la disolución de el aire en la conciencia.
La simbología de la disolución burda del morir
En la descripción de Padmasambhava, las fases del morir no son solo un mapa fisiológico ni un registro visionario, sino una enseñanza simbólica que revela, en el instante de la muerte, la verdad de la existencia. La disolución burda —el desmoronamiento sucesivo de los elementos de tierra, agua, fuego y aire, hasta el cese de la respiración— es también un lenguaje cifrado que expone las ilusiones a las que nos aferramos y la posibilidad de liberarnos de ellas. De ahí que el Bardo Thödol hable constantemente en imágenes: espejismos, humo, chispas, una lámpara que titila. Estas metáforas no son ornamentales: son símbolos arquetípicos de un proceso universal que trasciende la cultura tibetana.
Tierra en agua: la ilusión de la solidez
La primera disolución es la de la tierra en el agua. Simbólicamente, la tierra representa lo sólido, lo estable, lo que da soporte. En la vida cotidiana, nos aferramos a la sensación de tener un cuerpo firme, de habitar un mundo con consistencia. Pero al morir, ese soporte se desmorona. El signo interno —la visión de espejismos— alude a que lo que parecía sólido se revela ilusorio. Francesca Fremantle señala que esta visión simboliza la “naturaleza espejeante de los fenómenos”, que nunca fueron más que reflejos sin sustancia propia. Padmasambhava enseña aquí que la muerte nos muestra lo que la filosofía budista afirma siempre: la solidez es una construcción mental, un espejismo sostenido por el hábito. Al morir, esa ilusión se derrumba y la conciencia enfrenta el carácter vacío de lo que creyó permanente.
La imagen presenta una figura humana, imponente y serena, hecha de piedra agrietada, que emerge de un vasto océano. Con los ojos cerrados, parece estar en un estado de profunda meditación o transición, completamente ajena a la disolución que la consume. Su torso, en el lado derecho, se desintegra en una explosión de fragmentos de roca que caen y se sumergen en el agua. Este proceso crea un punto focal de energía y luz, simbolizando el momento en que el elemento tierra se disuelve. Las ondas concéntricas que se extienden desde el punto de impacto sugieren el vasto y expansivo alcance de este cambio, reflejando el poder del elemento agua. El agua, de un azul oscuro y profundo, es a la vez serena y turbulenta, con un brillo etéreo que refleja un sol poniente o naciente. El cielo sobre la escena es dramático, con nubes densas y un contraste marcado entre la luz y la sombra, lo que añade una sensación de solemnidad y misterio. La imagen evoca una poderosa sensación de impermanencia y la disolución del ser físico en algo más vasto y fundamental.
Agua en fuego: la ilusión de la fluidez
La segunda fase es el agua que se disuelve en el fuego. El agua simboliza lo que fluye, lo que nutre, lo que conecta. En la experiencia humana, está ligada al apego, al deseo de unión y continuidad. Cuando el agua se seca, lo que se revela es la fragilidad de esos lazos: los vínculos, los fluidos vitales, las emociones que creíamos inagotables, se desvanecen. El signo interno es la visión de humo o neblina, símbolo de lo inasible, de lo que se dispersa sin dejar huella.
Thubten Chodron explica que aquí la mente experimenta la disolución de los apegos que intentan retener la vida.Pueden manifestarse con agudeza en la conciencia para luego esfumarse, como la neblina se dispersa en el espacio.
El humo expresa que lo que parecía cercano y tangible se disuelve en la distancia. Desde la simbología budista, este momento nos enseña que la sed de aferramiento (trishna), que en vida alimentó el ciclo del samsara, al morir no puede sostenerse y se convierte en una bruma sin sustancia.
En ese momento puede expresarse la conciencia de todos los deseos, de los aferramientos, como sentimiento y sed de existencia como efímeros.
La imagen, que evoca el estilo artístico y simbólico del tarot de Osho, presenta una poderosa colisión entre el agua y el fuego. A la izquierda, una gran ola estilizada, que recuerda a la icónica obra "La gran ola de Kanagawa" de Hokusai, se levanta con fuerza y detalles que se asemejan a grabados japoneses. A la derecha, un muro de llamas rojas y naranjas, que se ondulan con una energía caótica pero controlada, representa el elemento fuego. Desde el punto de encuentro de estos dos elementos, un espiral de neblina blanca y etérea se eleva hacia un cielo nocturno salpicado de estrellas, simbolizando la transformación del agua en vapor. El contraste de colores entre el azul profundo de la ola y los tonos ardientes del fuego crea una tensión visual que se resuelve en la suave ascensión de la neblina. La escena captura un momento de transición y trascendencia, donde lo líquido y lo ardiente se funden para dar lugar a una nueva forma de existencia, que se eleva hacia lo cósmico.
Fuego en aire: la ilusión del ardor
La tercera fase es la del fuego que se extingue en el aire. El fuego simboliza la energía vital, la pasión, la capacidad de transformar. En la vida, el fuego nos da calor y dirección: es el impulso de actuar, la chispa de la cólera, el deseo de controlar. Pero en el morir, ese fuego se apaga, y el signo interno es la visión de chispas que se extinguen, como brasas que pierden su calor. Fremantle interpreta este símbolo como la revelación de que la pasión, en la que tanto confiamos como motor de la existencia, es fugaz y vulnerable. Las brasas que se apagan muestran que ni siquiera el ardor más intenso sobrevive al paso de la muerte. Padmasambhava lo enseña como un recordatorio de que el apego a la energía y a la fuerza vital es vano; lo que parece llama permanente se extingue como un destello. Para el meditador, este símbolo es una invitación a reconocer que el fuego no era sustancia, sino una energía compuesta que retorna a su fuente.
La imagen, enmarcada con un borde decorativo característico del tarot de Osho, simboliza un profundo proceso de purificación y liberación. En la base, una poderosa llama arde con intensos tonos de rojo, naranja y amarillo, representando la energía del fuego y la pasión. En el centro de la llama, una figura etérea y serena, que parece estar en meditación, irradia una luz blanca y pura. A medida que la figura y la llama se elevan, el fuego se desintegra en volutas de humo y aire, cambiando de color gradualmente a tonos azules y blancos más fríos. Estas volutas se extienden y danzan, formando patrones fluidos que simbolizan la disolución de la forma material. El fondo, con un gradiente de azul oscuro a claro y puntos que sugieren un cielo estrellado, representa la inmensidad del espacio y la conciencia universal. La imagen evoca una sensación de trascendencia, donde el ser físico se desprende de las ataduras de los elementos para fundirse con la conciencia. Es una representación visual de un viaje interior, desde la intensidad de las emociones y la forma física hasta la quietud y la liberación de la conciencia.
Aire en conciencia: la ilusión del aliento
La última fase de la disolución burda es el aire que se disuelve en la conciencia. El aire simboliza el soplo vital, la respiración que sostiene la vida. Toda la existencia ordinaria está acompañada por la inhalación y la exhalación; por eso, en muchas tradiciones, el aire es sinónimo de espíritu, de vida. Pero al morir, el aire se va extinguiendo, y el signo interno es una lámpara que titila, una llama que se apaga. Simbólicamente, esta imagen encierra una paradoja: la vida que parecía tan sólida se sostiene en un soplo, en una llama frágil que puede extinguirse en cualquier momento. El Bardo Thödol usa esta metáfora para enseñar la precariedad de la existencia, recordando que el apego al aliento —a “este yo que respira”— es ilusorio. El símbolo de la lámpara que se apaga revela que la identidad personal es tan frágil como una llama en el viento: puede cesar en un instante, y no deja huella permanente.
La imagen cubista presenta una compleja red de formas geométricas y colores vibrantes que simbolizan la disolución del aire en la conciencia. En el lado izquierdo, las representaciones estilizadas de los pulmones, transparentes y delineados con ramas que evocan los bronquios, se disuelven en una miríada de fragmentos triangulares y angulares. Estos fragmentos, que parecen flotar y dispersarse, cruzan el lienzo en una trayectoria dinámica, representando la desintegración del elemento aire. El color predominante en esta sección es un azul profundo y etéreo, que se va desvaneciendo hacia tonos más claros, enfatizando la naturaleza inmaterial del aire. En el lado derecho, una espiral hipnótica de anillos concéntricos, llenos de una rica paleta de colores brillantes, domina la composición, simbolizando el vasto universo de la conciencia. En el centro de esta espiral de conciencia, un ojo singular y penetrante, que parece mirar hacia el observador, representa la esencia de la percepción y la iluminación. La interacción entre las formas que se disuelven y la espiral de conciencia crea una sensación de movimiento y transformación continua. La imagen, con su fragmentación y superposición de perspectivas, captura la naturaleza multifacética de la disolución y la integración del ser en un estado de conciencia expandida.
La disolución como una experiencia radical de la impermanencia.
Cada fase de la disolución burda tiene, pues, una dimensión simbólica que apunta a lo mismo: la impermanencia radical. Tierra, agua, fuego y aire no son meros elementos físicos, sino también metáforas de aspectos de la existencia: la estabilidad, la conexión, la energía, la vitalidad. En la muerte, cada una de estas dimensiones se revela ilusoria, mostrando que lo que llamamos “yo” no es más que un agregado de procesos transitorios. Fremantle resume esto al decir que “la disolución es la revelación simbólica de que el yo no es más que un patrón de elementos, y que al deshacerse ellos, el yo también se disuelve”. En este sentido, la descripción de Padmasambhava no es solo un mapa del morir, sino una enseñanza contemplativa para la vida: vivir conscientes de que todo lo que consideramos sustancial es, en verdad, frágil y vacío.
Interpretaciones académicas contemporáneas
Diversos académicos han analizado el simbolismo de estas fases desde perspectivas comparativas.
Robert Thurman, en su traducción del Tibetan Book of the Dead, interpreta los signos internos como “arquetipos universales de la disolución de la conciencia”, comparables a las visiones descritas en experiencias cercanas a la muerte.
Desde un punto de vista fenomenológico, Karl Brunnhölzl sostiene que las imágenes de espejismos, humo, chispas y lámpara se corresponden con “arquetipos visuales espontáneos de la mente al entrar en estados liminales”.
Para la psicología comparada, estas visiones pueden interpretarse como símbolos del tránsito del consciente al inconsciente, semejantes a los arquetipos junguianos del viaje hacia la sombra y la muerte.
Thubten Chodron, en cambio, insiste en la función ética del simbolismo. No basta con comprenderlo intelectualmente: el valor del símbolo está en que orienta la práctica. Saber que los fenómenos son espejismos debe inspirarnos a no aferrarnos a ellos; comprender que el fuego se extingue debe impulsarnos a transformar la pasión en sabiduría antes de morir. El simbolismo del morir, en este sentido, es un entrenamiento para la mente: ver en cada experiencia la huella de la impermanencia.
El morir como revelación arquetípica
Al reunir estas interpretaciones, se advierte que la disolución burda del morir es, al mismo tiempo, un proceso fisiológico, un mapa contemplativo y un relato arquetípico. En el nivel fisiológico, describe cómo el cuerpo declina; en el nivel contemplativo, ofrece al practicante la oportunidad de reconocer la vacuidad; en el nivel arquetípico, muestra imágenes universales —espejismos, humo, chispas, lámpara— que expresan la fragilidad de la existencia. Padmasambhava logra unir estos tres niveles en un solo lenguaje, de modo que lo que ocurre en el morir se convierte en enseñanza, y la enseñanza en símbolo. Así, la muerte se presenta como un espejo en el que se reflejan tanto la disolución del yo como la posibilidad de la liberación.
Hasta aquí simbología de disolución burda .
La disolución sutil, fase de la apariencia.
La disolución sutil – Fase de Apariencia según Ponlop Rinpoché, Padmasambhava y Chögyam Trungpa
La llamada fase de apariencia constituye el primer estadio de la disolución sutil en el proceso del morir. Después de que los elementos burdos han ido replegándose —tierra en agua, agua en fuego, fuego en aire, y aire en conciencia— se inicia una interiorización más profunda, en la que las bases sutiles de la conciencia se van absorbiendo en su fuente. Es aquí cuando el moribundo comienza a experimentar un proceso de visiones luminosas, que la tradición tibetana describe con precisión tanto en sus manifestaciones externas como en sus signos internos y secretos.
Ponlop Rinpoché y la claridad blanca
Ponlop Rinpoché señala que en la fase de apariencia el moribundo percibe una experiencia de claridad blanca luminosa, semejante a un cielo iluminado por la luna en una mañana sin nubes. Se trata de una luminosidad vasta, serena y sin formas definidas, que surge cuando la gota blanca (bindu) heredada del padre y asentada en la coronilla comienza a descender hacia el centro del corazón.
Este descenso produce un cambio radical en el campo de la conciencia. Las agitaciones mentales asociadas al apego y al deseo cesan de manera progresiva, dejando una experiencia mental amplia y clara. Por eso se dice que la apariencia blanca está vinculada con la disolución de las emociones de apego.
Ponlop Rinpoché subraya que este estado no debe confundirse con una visión externa, como si fuera un fenómeno óptico, sino que se trata de la propia manifestación de la mente en un estado depurado. La mente ya no sostiene percepciones burdas, sino que se revela como claridad radiante. Para el practicante, este es el primer umbral en el que se vislumbra la naturaleza de la mente, aunque todavía cubierta por la dualidad sutil.
Padmasambhava y los signos de la apariencia
En el Bardo Thödol, atribuido a Padmasambhava, se señala que durante esta fase aparecen signos externos, internos y secretos que permiten reconocer el estadio alcanzado.
Signos externos: el moribundo puede mostrar un aspecto físico relajado, los ojos pierden su brillo habitual, la mirada parece fija o vaga, y el rostro se ilumina con una palidez luminosa. También se describen como signos la pérdida definitiva de la fuerza corporal y la incapacidad de articular palabras con claridad.
Signos internos: se experimenta la visión de una claridad blanca intensa que llena todo el campo de percepción. Esta claridad se asemeja a un vasto espacio sin nubes, brillante como la luna. No se distinguen formas, sino una irradiación homogénea.
Signos secretos: según Padmasambhava, en este momento el practicante entrenado puede reconocer que lo que aparece no es distinto de su propia mente. Este reconocimiento secreto es la llave para transformar la experiencia en camino hacia la liberación.
Los tres niveles de signos —externo, interno y secreto— funcionan como una guía de reconocimiento. Quien no los ha estudiado o practicado previamente puede confundirlos, pero quien está preparado comprende que se trata de un proceso ordenado y natural.
Trungpa Rinpoché y la descripción experiencial
Chögyam Trungpa describe la fase de apariencia con un lenguaje más directo y psicológico. Afirma que, tras el colapso de las facultades sensoriales, la mente entra en un estado de resplandor blanco puro, que puede sentirse como un desmayo o como una expansión ilimitada. En sus enseñanzas, destaca que este estado puede provocar tanto calma como desconcierto: calma porque cesan las luchas habituales, y desconcierto porque la mente ya no encuentra puntos de referencia familiares.
Trungpa enfatiza que este “blanco” no es una luz que se vea con los ojos, sino la cesación progresiva de todas las fabricaciones conceptuales que deja tras de sí un espacio blanco. Para el practicante, reconocer esta cesación como parte de la naturaleza de la mente es esencial. Para el no practicante, en cambio, puede vivirse como una pérdida de conciencia, un desvanecimiento o un vacío incomprensible.
El movimiento de los bindus en la fase de apariencia
La explicación esotérica de esta fase se centra en el movimiento de los bindus o gotas esenciales. En la tradición tántrica, se dice que en cada ser humano hay dos bindus fundamentales:
El bindu blanco heredado del padre, situado en la coronilla.
El bindu rojo heredado de la madre, situado en el ombligo.
Durante la fase de apariencia, el bindu blanco comienza a descender lentamente hacia el centro del corazón. Este movimiento provoca que la mente experimente la luminosidad blanca. El descenso simboliza la purificación de los oscurecimientos relacionados con el apego.
La unión final de los dos bindus se producirá más adelante, en la fase de logro, pero aquí comienza el proceso. La tradición insiste en que estos movimientos no son simples metáforas, sino procesos energéticos reales, aunque solo perceptibles internamente.
Integración de los signos externos, internos y secretos
Si reunimos las enseñanzas de Ponlop Rinpoché, Padmasambhava y Trungpa, podemos distinguir con claridad cómo la fase de apariencia está marcada por tres niveles de signos:
1. Externos: cambios visibles en el cuerpo físico —rostro pálido, mirada apagada, pérdida de la fuerza.
2. Internos: experiencia directa de luminosidad blanca, vasta y uniforme, que llena el campo mental.
3. Secretos: reconocimiento de que la luminosidad no es otra cosa que la mente en su naturaleza.
Este triple nivel de descripción busca que el practicante tenga referencias precisas para reconocer en qué punto se encuentra el proceso de la disolución. La preparación consiste en familiarizarse en vida con la claridad de la mente a través de la meditación, de modo que en la fase de apariencia esa claridad no sea vivida con temor, sino con confianza.
Importancia espiritual de la fase de apariencia
La fase de apariencia es, en términos de práctica, un primer portal hacia la luz clara. Si en este momento el moribundo logra reconocer que la luminosidad blanca no es algo externo, sino la mente misma, ya se encuentra muy cerca de la liberación. Sin embargo, dado que todavía existe un cierto grado de dualidad, la tradición enfatiza la necesidad de no aferrarse ni rechazar, sino permanecer en la ecuanimidad.
Padmasambhava lo expresa con claridad: “Cuando veas la claridad blanca semejante a la luz de la luna en un cielo despejado, reconoce que es tu mente; no la sigas, no la rechaces”. Trungpa, por su parte, recomienda confiar en esa vastedad como en un espejo, dejando que la mente repose sin fabricar pensamientos.
Para el practicante del Vajrayana, estas instrucciones son centrales, pues permiten transformar la fase de apariencia en un auténtico camino hacia la realización.
hasta aquí los aportes de Padmasambava, Trungpa.
La fase de Apariencia en la disolución sutil según W.Y. Evans-Wentz
En lo que respecta a la fase de Apariencia, Evans-Wentz ofrece tanto la traducción de los textos litúrgicos que describen esta experiencia como comentarios explicativos. Su mirada, si bien a veces teñida de categorías occidentales, conserva la descripción esencial de la aparición de la luminosidad blanca y de su función como portal hacia la liberación.
La aparición de la claridad blanca según Evans-Wentz
En uno de los pasajes que Evans-Wentz traduce, el texto señala:
> “Entonces, la consciencia entra en un estado en el cual todo el espacio aparece como un cielo claro y blanco, semejante a la luz pura de la luna en un cielo sin nubes. En ese momento, no se debe temer, ni desear, ni aferrarse: lo que aparece es la luminosidad de la propia mente.” (The Tibetan Book of the Dead, Evans-Wentz, 1927, p. 101).
Aquí se presenta de manera directa el signo interno de la fase de Apariencia: la visión de un campo mental completamente blanco, limpio y vasto.
Evans-Wentz subraya que el texto insiste en que el moribundo no debe confundir esta claridad con algo externo, sino reconocerla como su propia mente.
El comentario posterior del compilador enfatiza la idea de que este estado constituye un umbral en el que la mente se halla liberada de las construcciones habituales. Evans-Wentz lo vincula con la posibilidad de liberación inmediata si se logra el reconocimiento, pero advierte que para la mayoría de los seres, este estado se desvanece rápidamente porque no están habituados a permanecer en él.
Los signos externos e internos en la traducción de Evans-Wentz
Evans-Wentz también conserva las instrucciones sobre los signos externos que acompañan esta fase. El texto describe cómo el cuerpo físico entra en un estado de laxitud extrema, la respiración se debilita, los ojos pierden movilidad y la mirada parece vacía. Se dice:
> “El moribundo se torna sereno, y la respiración se vuelve apenas perceptible. El rostro refleja una palidez, como si la luz de la luna lo bañara. Estos son los signos externos del advenimiento de la gran claridad.” (Evans-Wentz, p. 103).
Los signos internos, como ya hemos visto, se expresan en la visión de la luminosidad blanca. Y en cuanto a los signos secretos, Evans-Wentz recoge el pasaje que afirma:
> “Lo que se contempla ahora es el dharmakaya mismo, la esencia pura de la mente. Si se logra reconocerlo, no habrá más renacimiento, y la liberación será obtenida en el mismo instante.” (p. 104).
Este triple nivel —externo, interno y secreto— está cuidadosamente reflejado en la traducción, y Evans-Wentz los comenta con un interés especial en mostrar que no se trata de fenómenos fantásticos, sino de etapas internas reconocibles para el practicante.
El movimiento del bindu blanco en la versión de Evans-Wentz
Aunque Evans-Wentz no utiliza extensamente la terminología de los bindus como lo hace la tradición tántrica, sí alude a la energía sutil que desciende desde la coronilla hacia el corazón. Explica:
> “En esta fase, el principio blanco, llamado ‘la gota seminal’, desciende desde el cerebro hacia el corazón. De este movimiento surge la visión del espacio blanco, semejante a un amanecer de luna.” (p. 106).
Este comentario refleja el conocimiento de la tradición sobre el bindu blanco (thig le dkar po), transmitido en el Bardo Thödol. Evans-Wentz lo interpreta como una condensación de la energía vital paterna, que al descender provoca la percepción luminosa característica de esta etapa.
De esta forma, introduce al lector occidental en un aspecto técnico del Vajrayana, aunque con un lenguaje simplificado, evitando los términos tibetanos originales en la mayoría de los casos.
La instrucción práctica en la fase de Apariencia
Una característica valiosa de la traducción de Evans-Wentz es que conserva las exhortaciones dirigidas directamente al moribundo. El texto no se limita a describir lo que sucede, sino que insiste en cómo reaccionar:
> “Oh noble hijo, en este momento tu mente se halla bañada por la claridad blanca, como si fuera un cielo luminoso. Reconócelo, permanece en él, sin aferrarte ni temer. No lo confundas con algo externo. Es la luz de tu propio ser, el dharmakaya. Permanece en esa claridad.” (p. 108).
Este estilo exhortativo refleja la función ritual del Bardo Thödol: servir como lectura de guía para el moribundo. Evans-Wentz señala en sus notas que esta instrucción constituye el núcleo del texto, pues orienta hacia el reconocimiento de la mente en su estado primordial.
El peligro del no-reconocimiento
Evans-Wentz también comenta el riesgo que existe en esta fase: el de no reconocer la claridad. Explica que la mente ordinaria, habituada a los referentes sensoriales, puede experimentar la claridad blanca como un vacío o un desmayo. El moribundo puede perder la conciencia sin aprovechar la oportunidad de liberación.
En sus palabras:
> “Si no se reconoce esta claridad como la propia mente, la consciencia caerá en inconsciencia y se pasará sin fruto a las fases siguientes del proceso del morir.” (p. 109).
Este aspecto es importante porque muestra la diferencia entre el practicante entrenado y el ser común. El primero puede transformar la fase de Apariencia en liberación; el segundo, en cambio, la deja pasar inadvertida.
El carácter universal de la descripción
Uno de los aportes de Evans-Wentz fue destacar que estas experiencias no son exclusivas de una tradición cultural, sino descripciones de procesos universales de la conciencia. Afirma en sus notas:
> “Lo que aquí se describe no pertenece únicamente al Tíbet, sino que representa un estado inherente a toda consciencia humana en el momento de la muerte.” (p. 112).
Con esto, Evans-Wentz abrió la posibilidad de considerar las descripciones del Bardo Thödol como un mapa de la mente humana aplicable más allá del contexto tibetano, aunque sin perder su raíz doctrinal.
Conclusión: la fase de Apariencia según Evans-Wentz
La traducción y comentarios de Evans-Wentz permiten acceder a la fase de Apariencia en su riqueza simbólica y práctica. A través de sus citas podemos distinguir:
Los signos externos: el debilitamiento corporal y la palidez lunar del rostro.
Los signos internos: la visión de la claridad blanca, vasta y luminosa.
Los signos secretos: la instrucción de reconocer en esa claridad el dharmakaya mismo.
El movimiento del bindu blanco: la energía paterna descendiendo hacia el corazón, provocando la visión blanca.
La instrucción esencial: reconocer la claridad como mente propia, sin temor ni apego.
El aporte de Evans-Wentz radica en haber transmitido este conocimiento al público occidental, preservando la voz exhortativa del texto tibetano y subrayando su función práctica. Aunque su interpretación lleva huellas de su contexto cultural, el núcleo doctrinal se mantiene intacto: la fase de Apariencia constituye la primera gran oportunidad de liberación en el tránsito del morir.
Hasta aquí aportes de Evanzs Wenzs .
La fase de Apariencia y la originación dependiente
La originación dependiente: un marco general
En la enseñanza budista, la originación dependiente (pratītyasamutpāda) describe el proceso mediante el cual la conciencia errante, condicionada por la ignorancia, se proyecta en la existencia cíclica. Los doce eslabones —desde la ignorancia (avidyā) hasta la vejez y la muerte (jarāmaraṇa)— muestran cómo, paso a paso, el samsara se perpetúa a través de causas y condiciones.
En el momento de la muerte, esta cadena puede continuar de manera automática, proyectando la conciencia hacia un nuevo renacimiento. Pero la tradición tibetana enseña que, si se reconoce la naturaleza de la mente en el bardo, es posible cortar la continuidad de los eslabones y acceder a la liberación.
La fase de Apariencia constituye uno de los puntos clave en que esta posibilidad se abre.
Apariencia blanca y el cese del deseo
Según Ponlop Rinpoché, Padmasambhava y Evans-Wentz, la fase de Apariencia está marcada por el descenso del bindu blanco, que produce la visión de una claridad blanca vasta. Esta experiencia se asocia a la disolución de las emociones relacionadas con el apego y el deseo.
En términos de los doce eslabones, aquí se interrumpe momentáneamente la fuerza de los eslabones medios: tṛṣṇā (sed) y upādāna (apego, apropiación).
La sed es el impulso por aferrarse a las sensaciones y experiencias.
El apego es la fijación que solidifica el sentido de “yo” y de “mío”.
Cuando la mente se sumerge en la claridad blanca, estos impulsos se debilitan, porque ya no hay objetos de los sentidos con los que aferrarse. Es como si la rueda se detuviera un instante en el vacío luminoso.
Si el moribundo reconoce la claridad como la naturaleza de la mente, entonces los eslabones del deseo y el apego quedan cortados, impidiendo que la cadena continúe hacia el eslabón de la existencia (bhava), que es la base del renacimiento.
Los signos internos y el vínculo con la ignorancia
Paradójicamente, la claridad blanca puede ser vista de dos maneras:
Como una oportunidad de trascender la ignorancia, si se reconoce como la luz de la propia mente.
Como una expresión de la ignorancia, si se toma como una nada, como un desvanecimiento inconsciente, perdiendo así la ocasión.
Esto se conecta con el primer eslabón, avidyā (ignorancia). La fase de Apariencia es, en cierto sentido, un espejo que muestra la raíz de todo el samsara: o se reconoce la claridad y se corta la ignorancia, o se la confunde y la ignorancia se renueva.
De allí la insistencia de los textos del bardo en guiar al moribundo con frases como: “No temas; lo que aparece es tu propia mente, el dharmakaya. Reconócelo”.
Apariencia y el cese temporal de los sentidos
En esta fase también se describe la desconexión de los órganos sensoriales. Los ojos pierden su fuerza, la audición ya no funciona, y la percepción del entorno externo desaparece.
Esto puede relacionarse con el eslabón de contacto (sparśa) y con el eslabón de sensación (vedanā). En la vida ordinaria, el contacto entre los sentidos y sus objetos produce sensaciones placenteras, dolorosas o neutras, que luego alimentan el deseo. En la fase de Apariencia, al cesar el contacto y la sensación, se crea un espacio propicio para interrumpir la cadena en su base perceptiva.
El practicante entrenado reconoce este cese no como pérdida, sino como apertura hacia la vacuidad luminosa.
El aspecto secreto: la revelación del dharmakaya
Los textos del bardo insisten en que la fase de Apariencia es una manifestación del dharmakaya, la verdad última. En términos de originación dependiente, esto equivale a trascender el ciclo mismo: ver que los doce eslabones son proyecciones de la mente condicionada, y que la mente, en su base, es vacía y clara.
Si el moribundo reconoce este aspecto secreto, se rompe toda la cadena del samsara. No hay ignorancia que alimente las formaciones, no hay conciencia que se proyecte en un nuevo vientre. Lo que aparece es la liberación.
Síntesis: Apariencia como ruptura de la cadena
Podemos resumir la relación entre la fase de Apariencia y la originación dependiente así:
Cesa el contacto y la sensación → se interrumpe la base de la sed.
Cesa la sed y el apego → no se produce existencia (bhava).
Si se reconoce la claridad blanca como mente propia → se corta la ignorancia misma.
Resultado: la cadena se interrumpe, y en lugar de renacimiento, se revela la liberación.
De esta forma, la Apariencia es más que un estadio transitorio del morir: es un punto de inflexión cósmico donde la rueda de los doce eslabones puede detenerse.
hasta aquí relación de la fase de la apariencia con los vínculos de originación dependiente.
La fase de Apariencia y el eslabón de la sed en la originación dependiente
En la enseñanza budista de la originación dependiente (pratītyasamutpāda), cada eslabón encadena la existencia condicionada, mostrando cómo el samsara se sostiene a través de causas y condiciones interdependientes. Dentro de este proceso, el eslabón de la sed (tṛṣṇā) ocupa un lugar crucial: surge tras la sensación (vedanā) y constituye el anhelo, la atracción o rechazo, que mantiene la rueda de la existencia en movimiento. El Buda describió la sed como el motor íntimo que impulsa el renacimiento, pues de ella brota el aferramiento y, en consecuencia, la continuidad del devenir.
Cuando examinamos la fase de Apariencia de la disolución sutil, tal como es expuesta por Ponlop Rinpoché, Padmasambhava y Trungpa Rinpoché, encontramos que en ella se manifiesta un campo luminoso, blanco y expansivo, en el que las corrientes mentales ordinarias comienzan a disolverse. El bindu blanco, heredado del linaje paterno, desciende desde la coronilla, inundando la conciencia con claridad. Este momento refleja un tránsito en el que la mente queda despojada de sus funciones habituales y entra en contacto con una luz apacible, fría y pura, que marca el inicio del proceso de desintegración de los agregados más sutiles.
Es aquí donde podemos establecer un puente con el eslabón de la sed: la experiencia luminosa de la fase de Apariencia representa el umbral en el que la mente, privada de sus soportes habituales, se enfrenta a su tendencia más profunda a aferrarse. La claridad que se abre no está libre de peligro: la conciencia, condicionada por hábitos kármicos, puede seguir generando anhelo, deseo de retener lo que aparece o aversión ante lo que se disuelve. La tradición enseña que este momento es crítico, pues la mente puede experimentar la luminosidad primordial como un objeto de apego o de rechazo, perpetuando así la dinámica de la sed.
Padmasambhava: la mente y el hábito de aferrarse
En el Bardo Thödol, atribuido a Padmasambhava y compilado por Karma Lingpa, se describe con detalle cómo, en este estadio, la claridad blanca se extiende como el cielo despejado. Sin embargo, se advierte que la mente ordinaria tiende a no reconocer esta luminosidad como su propia naturaleza. El practicante, en cambio, es instruido para no seguir la corriente de deseo ni de rechazo, permaneciendo en la desnudez de la experiencia. Padmasambhava afirma:
> “En este instante, no te dejes arrastrar por el deseo ni por el miedo. Reconoce la clara luz como tu propio rostro, y permanecerás en el estado del dharmakāya.”
La referencia a no dejarse llevar por el deseo conecta directamente con el eslabón de la sed. El impulso de anhelar, de buscar un objeto o aferrarse a la claridad como algo externo, es precisamente lo que reenciende la rueda de la existencia. La instrucción, en cambio, señala que la liberación se alcanza cuando la mente deja de responder con sed y reconoce la experiencia como inseparable de su propia naturaleza.
Trungpa Rinpoché: la energía de atracción y la sed como hábito
Chögyam Trungpa, en su explicación del proceso de morir, resalta que la fase de Apariencia se caracteriza por un descenso de energías que producen una “atracción hacia lo blanco”. Según él, esta atracción puede volverse un momento de fascinación, donde el practicante siente una tendencia a absorberse en la luminosidad como si fuese algo separado de sí mismo. Trungpa subraya que este es el movimiento de la mente condicionada: proyecta un objeto de deseo incluso en el seno de la claridad. En este sentido, la sed aparece no solo como anhelo hacia formas sensoriales, sino como una tendencia sutil a buscar apoyos incluso en lo incondicionado.
Al vincular esto con la originación dependiente, podemos decir que la fase de Apariencia es el escenario en el que se revela el hábito latente de la sed en su forma más sutil: no solo como deseo de placer sensorial, sino como la compulsión básica de la conciencia a sostenerse, a querer apropiarse de lo que surge y a rechazar lo que se extingue.
Ponlop Rinpoché: reconocer la oportunidad de liberación
Ponlop Rinpoché, en su explicación moderna del bardo del morir, recalca que la fase de Apariencia representa una de las tres oportunidades críticas para la liberación en el proceso de disolución sutil. El practicante entrenado puede reconocer en esta claridad blanca la naturaleza fundamental de la mente. Sin embargo, advierte que el obstáculo principal es el no reconocimiento, que se debe a la fuerza del apego y de la sed. La mente, habituada a aferrarse, no descansa en la claridad, sino que la reinterpreta como un fenómeno transitorio y externo, lo que la aleja de la posibilidad de liberación.
Ponlop señala:
> “La mente se enfrenta a su propia esencia, pero por la fuerza de la costumbre, la toma como algo otro, y en esa dualidad se enciende la semilla de la continuación samsárica.”
Aquí se ve claramente cómo el eslabón de la sed se activa: la mente, en lugar de reconocer, anhela apropiarse o rechaza la experiencia, lo que inevitablemente conduce al siguiente eslabón, el aferramiento (upādāna).
El movimiento de los bindus y la sed
El descenso del bindu blanco en esta fase no es solo un fenómeno energético, sino un espejo de cómo la mente se vacía de referencias habituales. Según los comentarios tibetanos, este descenso abre un espacio de pureza y frescura que puede ser confundido con un objeto externo de fascinación. En ese momento, el anhelo de retener la claridad o de prolongar la experiencia se conecta con la sed, que convierte lo incondicionado en un objeto de apego. Así, la dinámica energética y la dinámica mental convergen: la claridad pura se vuelve el escenario donde la sed se activa o se disuelve.
Conexión doctrinal: sed como raíz del samsara
En el Samyutta Nikāya, el Buda declara:
> “De la sensación surge la sed; de la sed surge el aferramiento; del aferramiento, la existencia.”
Aplicado a la fase de Apariencia, vemos que al desaparecer los soportes habituales, lo que surge es una sensación de amplitud y claridad. Si a esa sensación la mente responde con sed, el ciclo continúa. Si, en cambio, se reconoce sin anhelo ni rechazo, se corta la cadena de la originación dependiente y se revela la posibilidad de liberación.
La fase de Apariencia, entonces, puede entenderse como un laboratorio natural en el que la mente se confronta con la raíz misma de la originación dependiente. Allí, la sed no es ya un impulso burdo hacia los objetos sensoriales, sino la manifestación más profunda de la ignorancia: el hábito de no reconocer la mente como mente, y de buscar algo a lo cual aferrarse.
Hasta aquí la relación entre la fase de la apariencia y el eslabón de originación dependiente de la sed.
Análisis simbólico de la fase de Apariencia en la disolución sutil
La enseñanza del bardo del morir nos muestra cómo, en el momento en que la vida ordinaria se extingue, la conciencia transita por estadios progresivos de disolución. En el plano de la disolución sutil, la primera etapa es conocida como fase de Apariencia (snang ba), en la que emerge un campo de claridad blanca, luminosa, vasta y apacible. Este fenómeno no es meramente fisiológico ni psicológico, sino que posee una dimensión profundamente simbólica dentro del camino budista, ya que refleja la dinámica de la mente y su vínculo con la sabiduría primordial.
El análisis simbólico permite comprender cómo las imágenes y experiencias descritas en los textos —el bindu blanco descendiendo, la claridad como un cielo de luna llena, la frescura y la amplitud— constituyen expresiones de arquetipos espirituales que, lejos de ser decorativos, funcionan como puentes de reconocimiento entre la experiencia del morir y la práctica meditativa.
La blancura como símbolo de pureza y vacuidad
En la fase de Apariencia, se describe la irrupción de una claridad blanca que envuelve la conciencia. Esta blancura no se refiere a un color en sentido ordinario, sino a la metáfora de la pureza inmaculada de la mente cuando las impurezas del pensamiento discursivo comienzan a disolverse. En el budismo tibetano, el blanco simboliza lo no contaminado, la apertura y la vacuidad.
El Bardo Thödol compara esta experiencia con el cielo iluminado por la luna. La luna, en la iconografía budista, simboliza la sabiduría discriminativa (prajñā) que ilumina sin quemar, que disipa la oscuridad de la ignorancia y ofrece serenidad. En este sentido, la claridad blanca de la fase de Apariencia es un símbolo viviente de la vacuidad: no hay nada sólido a lo cual aferrarse, solo una presencia vasta y fresca que refleja la naturaleza de la mente.
El bindu blanco y la herencia paterna
La tradición señala que, en este estadio, el bindu blanco, relacionado con la esencia del semen paterno, desciende desde el chakra de la coronilla hasta el centro del corazón. Simbólicamente, este descenso puede leerse como el retorno de la energía vital a su origen. El elemento paterno, que en la concepción aportó la semilla de la vida, se repliega ahora hacia el centro del ser.
Este movimiento encarna un arquetipo de regreso: la energía que dio inicio a la vida retorna a su raíz, como el río que fluye al océano. En términos simbólicos, el descenso del bindu blanco expresa el principio de integración: la vida que se desplegó en multiplicidad vuelve a recogerse en la unidad luminosa de la mente.
Además, el hecho de que sea el bindu blanco el que se activa primero, revela que la experiencia inicial de la disolución sutil está teñida de la cualidad masculina del despertar: claridad, apertura y expansión.
Apariencia y espejo
El término "apariencia" (snang ba) sugiere el modo en que la mente se refleja a sí misma. No se trata de una apariencia engañosa, sino de un espejo luminoso en el que la conciencia contempla su propio rostro. El simbolismo del espejo es central en el budismo tibetano: representa la mente en su estado natural, capaz de reflejar cualquier fenómeno sin ser manchada por él.
En la fase de Apariencia, la conciencia experimenta justamente eso: una transparencia prístina en la que todo se refleja sin obstáculo. El practicante entrenado reconoce en ello la manifestación del Dharmakāya, el cuerpo absoluto de la realidad. Quien no está entrenado, en cambio, puede percibir esta claridad como un objeto externo, reforzando así el dualismo sujeto-objeto y perdiendo la oportunidad de liberación.
El símbolo de la frescura
Los textos describen la experiencia de esta fase como acompañada de una sensación de frescura. La frescura, en el simbolismo tibetano, alude al contacto con lo inmaculado, al renacer espiritual. En el contexto del morir, la frescura simboliza que, aunque la vida condicionada se extingue, la mente está tocando un nivel de realidad no corrompido por el samsara. Es el signo de que se abre una posibilidad de liberación.
El practicante puede reconocer en esta frescura la metáfora del amanecer: una luminosidad que no abrasa, sino que invita a permanecer en quietud. Este símbolo se conecta con la instrucción de Padmasambhava de “permanecer sin distracción en la clara luz”, pues la frescura invita al reposo y a no seguir los hábitos de la mente errante.
El simbolismo de la desnudez
Al entrar en esta fase, los pensamientos discursivos se disuelven. Lo que queda es la conciencia en su desnudez esencial. El símbolo de la desnudez, en la literatura tántrica, alude a la mente libre de artificios, sin ropajes conceptuales. La claridad blanca es, entonces, el símbolo de la mente tal como es, antes de que surjan construcciones dualistas.
Esta desnudez puede vivirse como liberación o como amenaza. Para quien reconoce, es la oportunidad de unirse a la sabiduría primordial. Para quien no, es un vacío inquietante que despierta el anhelo de sostener algo: precisamente la dinámica de la sed que reactiva el samsara.
Apariencia como umbral
Simbólicamente, la fase de Apariencia es un umbral. No es aún la liberación, pero tampoco es ya la vida ordinaria. Es el pasaje en el que la conciencia toca una claridad más allá del tiempo y del espacio, y debe decidir, por así decirlo, si la reconoce o si la transforma en un objeto de apego.
Los textos describen esta etapa como el inicio del “proceso de reconocimiento”: la mente se enfrenta a sí misma y tiene la oportunidad de reconocerse. Por eso, esta fase simboliza la frontera entre el samsara y el nirvana.
Relación con la tríada simbólica: Apariencia, Aumento y Logro
En el conjunto de la disolución sutil, la fase de Apariencia representa el primer paso de una tríada simbólica: Apariencia (blanco), Aumento (rojo) y Logro (negro). Esta tríada corresponde también a una simbología universal en el budismo tibetano: blanco (sabiduría de la claridad), rojo (sabiduría del discernimiento y de la compasión) y negro (el vacío total en el que se revela la luz clara).
Así, la fase de Apariencia, con su blancura radiante, simboliza el primer acceso a la sabiduría primordial. Es el inicio de un viaje simbólico en el que la mente atraviesa diferentes modos de luminosidad hasta llegar a la luz clara final.
La instrucción simbólica
En el Bardo Thödol, Padmasambhava ofrece instrucciones simbólicas precisas:
> “Oh noble hijo, ahora la clara luz de la Apariencia se abre ante ti. Reconócete en ella como en un espejo. No la tomes como algo otro, no te distraigas, pues si la reconoces serás liberado en el dharmakāya.”
El espejo, la clara luz, el reconocimiento: todos son símbolos pedagógicos que guían al moribundo a atravesar esta fase. El símbolo no es mera poesía, sino una herramienta sagrada de orientación, diseñada para que el practicante sepa cómo responder a lo que acontece.
Esta imagen cubista, bajo la lupa junguiana, es una representación de la psique confrontando la realidad fragmentada del inconsciente. La imponente Luna Llena simboliza el arquetipo de la totalidad y la feminidad, iluminando el caos de las apariencias. El rostro humano y las formas descompuestas reflejan el ego del héroe en proceso de disolución, un viaje hacia el umbral de la autotrascendencia. El estilo cubista, con sus múltiples perspectivas simultáneas, denota la desintegración de la percepción lineal y la emergencia de realidades psíquicas más profundas. Las apariciones fragmentadas de elementos cotidianos (casa, objetos) son símbolos arquetípicos que surgen del inconsciente colectivo, revelando la estructura subyacente de la psique. Esta "disolución de apariencias" no es una aniquilación, sino una deconstrucción necesaria para la individuación, donde el ego se rinde a una comprensión más vasta. La imagen evoca la confrontación con la sombra y la integración de los opuestos, un paso crucial hacia la totalidad del ser. En esencia, la pieza ilustra el viaje hacia la conciencia plena, despojándose de lo superfluo para revelar la esencia arquetípica.
Hasta aquí el análisis símbolico de la fase de la apariencia.
Hasta aquí el desarrollo de la etapa de la apariencia de la fase de disolución sutil, del bardo del morir.